Parece como si después de nuestros días en Orlando no hubiéramos vuelto a tener tiempo de nada... Y sí, fue un poco así.
El lunes fuimos a Epcot Center donde nos tomamos la típica foto con la bola gigantesca que después pondré. Esa noche comimos en Universal Studios con nuestros amables anfitriones y el martes decidimos viajar rumbo a Miami. Ike estaba dejando mucha lluvia en la ciudad y era probable que nos tocara algo de esto en la carretera, pero el Weather Channel (la biblia americana para decidir cómo vestirse cada día y si sacar o no el paraguas) consultado a las 10 de la mañana dijo que el huracán estaba pasando por Key West y tenía rumbo oeste, de modo que a lo mejor habría lloviznas, pero no vientos huracanados. Así es que empacamos maletas y nos fuimos a pasar el día en Sea World, con ballenas, delfines, leones marinos, focas, una morsa, una nutria, tiburones, y una montaña rusa para compensar la carencia de ellas que había sido la honda decepción de A. en Epcot. A las 5 y media, ya sin poder dar un paso más en ningún parque de atracciones, cogimos el carro y emprendimos el viaje hacia el sur por el Florida Turnpike y luego la I-95, la carretera que nos había ido llevando en nuestro recorrido.
Llegamos a Miami a las 10 de la noche con todo éxito, habiendo tenido que soportar apenas una lluvia fuerte pero muy breve en un pedacito de camino a mitad de la ruta. La casa de Camila, nuestra anfitriona 1A, es muy bonita, en primera línea de playa, con vistas al mar y ruido de olas toda la noche. Fantástica. Fue muy rico llegar y verla, y hacerla partícipe de nuestras aventuras y de las cosas que nos habían quedado faltando. Al día siguiente cumplimos una muy importante: fuimos a Dennys, un restaurante de cadena que a mí me gusta mucho, que es además un diner típico donde te atiende Anna Mae que viene cafetera en mano a servirte más café. Con la excepcion de Anna Mae que se llamaba Tikky o algo así, todo lo demás fue perfecto. Ese día fue turismo por Miami con Camila al volante, viendo el downtown, Coral Gables con sus calles españolas, más calles de Miami y luego Lincoln Road, Miami Beach, desde donde caminamos a la casa. A. se dio un baño en el mar (era un día nublado, húmedo hasta lo imposible, con muchas olas y solo unos cuantos que hacían surf con cometas) y lo vimos desde el apartamento en el piso 14 con binoculares. Esa noche el cansancio hizo que decidiéramos quedarnos en la casa, pedimos una pizza, cantamos karaoke, y nos reimos. Cuando llegó Pablo del viaje de negocios en que estaba dijo que parecíamos de una fraternidad -había unas 20 botellas vacías de cerveza, la caja de Dominos Pizza, los Doritos con Jalapeño Cheddar Dip, en fin, todo lo necesario para una frat party...
El jueves Camila y Pablo tenían que ir a trabajar, y A. y yo nos fuimos a los Everglades. Con la advertencia de que el "Mosquito level" estaba "HIGH", compramos un repelente y nos bañamos en él para evitar que nos picaran demasiado. El recorrido desde la puerta del parque hasta Flamingo, el punto más meridional del parque y casi que de la Florida, exceptuando los cayos, son unas 40 millas de ver animales: varios pájaros, lagartijas, arañas, mosquitos... de repente, cruzando la calle, una tortuga... y en una pequeña laguna, un cocodrilo que nos miraba. Llegamos a tiempo para coger un barco que nos llevó por un canal viendo más animales, más pájaros de todo tipo, más cocodrilos y aligators con sus crías, una enorme culebra roja y, siempre la posibilidad de encontrar manatíes y delfines. No aparecieron, desafortunadamente. O mejor, no aparecieron ahí. Saliendo del barco caminamos un poco por el centro de visitantes y vimos otro gran aligator en una zanja y luego, en el embarcadero del lado del mar (los canales son de agua dulce y salada, el mar está ahí abajo y es solo salado), A. detectó un manatí. Resultaron ser dos. No salieron en las fotos, por supuesto, pero es verdad que ahí estaban.
Día completo con muchos animales y por la noche los amigos, Pablo y Camila y Mauricio y Verónica. Comimos en UVA, delicioso, y hablamos mucho y contamos muchas historias de todo tipo. Creo que A. también se divirtió.
Dormir y despertar en nuestro último día de viaje. Viernes. Desayuno fantástico con mis tíos en el hotel Ritz-Carlton, luego intentar hacer unas últimas compras y de repente ya era hora de despedirse, de nuevo.
Fue un recorrido inolvidable. Pasamos delicioso. Luego irán detalles del viaje de vuelta y las fotos. Prometo.