miércoles, 30 de julio de 2008

El primer (gran?) dilema

Cuando teníamos 15 años, o más bien 14 e íbamos a cumplir 15, algunos papás daban a sus hijas la opción, la primera gran opción, una especie de ser o no ser para algunas: el dilema entre elegir una fiesta o un viaje para conmemorar la magna ocasión de cumplir los 15. Al mejor estilo de la telenovela mexicana que todas vimos, las fiestas de quince eran todo un acontecimiento.
Había que ponerse un vestido que casi nadie tenía -había que comprarlo o mandarlo hacer en alguna tienda tipo "Caché" de la que luego algunas (HORROR!!!) fuimos modelos-, un vestido que además requería medias veladas y zapatos elegantes. Y por supuesto la tarde de antes de la fiesta había que ir a la peluquería -donde Norberto (HORROR!!!) o donde fuera-, mandarse peinar, maquillar, hacer las uñas...

Evidentemente, para la que daba la fiesta no era solamente cuestión de una tarde: eran semanas enteras de planear y preparar. Había que encontrar el lugar perfecto -porque algunas fiestas eran buenas solamente por el lugar en el que se hacían-, contratar la mini-t-k, decidir si sería megafiesta o videofiesta, si sería "The Best" o alguna otra -pero cuál mejor que la mejor? (HORROR!!!)-, y lo mejor de todo: hacer la lista.
La lista típica tenía niñas a un lado, que siempre éramos muchas porque éramos todas, y al otro lado los niños. Los "tipos", que decíamos, porque ya para ese entonces no se invitaban niños sino "tipos" y tampoco niñas, en realidad, sino "viejas". El caso es que se hacía la lista y en esto sí podían participar las amigas -porque lo demás lo hacían casi siempre los papás, bien asesorados, eso sí, por otros papás de quinceañeras o por sus propias hijas-. Era el plan.

Y después, esperar. En la peluquería los nervios de si tal o cual iría o no iría, de cómo sería el vestido de esta, o el peinado de la otra. Imagino que para la dueña de la fiesta sería aún peor, porque luego había que confiar en que llegar la mini-t-k, que funcionara el sonido, las luces, la máquina de humo, y más que nada confiar en que los invitados llegaran, en que los tipos bailaran -idealmente, que bailaran bien, pero esto ya era mucho pedir-, que las viejas no comieran pavo, que nadie se emborrachara. En realidad, todo esto lo imagino pero no lo sé, porque a mí no me tocó fiesta. Me tocó viaje.
Pero no crean, tampoco bailé el vals de mis quince años en Viena.

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